sábado 25 de febrero de 2012

El copago en sanidad es temerario, injusto e ineficaz

Exigir tasas delegaría en el enfermo la valoración de su dolencia y le culpabilizaría por su situación, además de no resolver el problema financiero.

De forma recurrente, y con la misma carga argumental, a los políticos les tienta la posibilidad de hacer gravitar sobre el paciente (más allá de sus impuestos directos e indirectos, ahora aún más recargados) parte del pago por la asistencia médica. Con el apelativo de tasas disuasorias o copagolos responsables sanitarios, en esta ocasión de la Generalitat pero con tentaciones de su implantación en todo el Estado, y con la complicidad, claro, del departamento económico, anuncian que la implantación de dicha tasa "regulará la demanda sanitaria" y se hará "un mejor uso del sistema sanitario". Al parecer, la coartada argumental se basa en que los pacientes "abusan" del sistema: es decir, abarrotan los servicios de urgencia o las consultas ambulatorias con problemas menores que impiden el óptimo funcionamiento de la asistencia. 

En mi opinión la institución de tasas es temeraria, injusta e ineficaz y refleja, además, no sólo una tozuda insensibilidad al tema sanitario, sino una preocupante incomprensión de lo público, entendiendo lo público en este caso como derecho y como servicio a la comunidad enferma o potencialmente enferma. 

1. La institución de las tasas es temeraria. En efecto, dicha iniciativa delegaría en el enfermo la interpretación de su síntoma y la valoración de la banalidad o no del mismo, que, a fin de cuentas, decidiría la consulta o no de un profesional. 

A este respecto, es útil recordar como muestra algunos hechos empíricos. El infarto de miocardio (la enfermedad coronaria es la primera causa de muerte en nuestro país) va precedida con mucha frecuencia de diversos síntomas que pueden ser interpretados banalmente por el enfermo y no se benefician, por tanto, de una evaluación especializada. El hecho de que gran parte de las molestias precordiales no corresponda a una enfermedad coronaria no debe suponer un menoscabo para el numeroso subgrupo de pacientes disuadidos de que el síntoma banal oculta un padecimiento grave. 

No hay que olvidar que el calificativo banal es un juicio a posteriori que exige una valoración clínica cuidadosa y, en ocasiones, precisa la ayuda de tecnología complementaria. 

Otro ejemplo significativo: la jaqueca; patología benigna en este caso, pero una de las situaciones que más demanda del especialista, además de una de las principales causas de baja laboral y martillo constante de la calidad de vida del 15% de la población. Pues bien, las encuestas de población demuestran que menos de la mitad de los casos han consultado por sus molestias, y que el manejo profesional hubiera aliviado de forma destacada sus dolores, hubiera evitado el paso a la cronicidad de las cefaleas y hubiera facilitado la disminución de la ingesta prolongada, costosa y con frecuencia dañina de analgésicos. En fin, hubiera permitido la detección prematura, afortunadamente infrecuente, de procesos subyacentes graves. Como vemos, habría que introducir alguna vez fórmulas persuasivas o suasorias. 

El enfermo tiene perfecto derecho a equivocarse, pues desconoce la trascendencia de sus síntomas, pero un sistema público de salud debe evitar que un paciente con patología grave no disponga de todo el arsenal clínico que precise —y al que tiene derecho— sólo porque sus dolencias son poco expresivas o porque una tasa le disuada de entrar en el sistema. 

Nadie con una mínima experiencia en sanidad pública desconoce que las urgencias hospitalarias han sufrido un progresivo incremento en su frecuencia en los últimos treinta años, desbordando en ocasiones la capacidad del sistema. O que en la práctica ambulatoria común, cualquier facultativo es testigo de la elevada proporción de cuadros banales, a los que se suman hipocondríacos, simuladores, etc., pero todos exigen una atención individualizada que oriente y, si es posible, resuelva la situación. Como definía un ilustre clínico, un enfermo es "por lo menos, todo aquel que acude al médico". 

Este análisis del problema no defiende la medicalización del ciudadano (el médico que conoce bien las dependencias de su enfermo debe ser enérgico en ocasiones desaconsejando el exceso de visitas médicas). La disuasión, en los casos en que pueda estar indicada, debe ser el resultado de la prevención, la educación y la participación responsable del ciudadano en su propia y libre decisión de salud. 

2. La institución de tasas es injusta. La medida culpa a los pacientes de su situación patológica. Los contribuyentes más abatidos en su calidad de vida por el infortunio de una enfermedad recurrente —banal o no— deberán pagar unas tasas como castigo a su dolencia. Afirmaba un economista de forma categórica en este mismo periódico (Elogio del copago, punto 7, E. Costas) que ellos son culpables de la lista de espera. Ante este carácter de penalización que se desprende de las afirmaciones de la consejera catalana como de algunos analistas que buscan el recorte por la parte más débil, sería conveniente recordar una expresiva declaración de los grupos de base franceses que resaltan el carácter democrático de los objetivos sanitarios (incluso en enfermedades en que el enfermo es culpable): “...también queremos buenos hospitales para que nos curen las borracheras”. 

La enfermedad como pecado. Se culpabiliza al enfermo de la insuficiencia en la atención. La sanidad no sería buena porque acuden demasiados enfermos a los centros, soslayándose de esta manera las causas principales, como la precaria estructura o los presupuestos escasos.  

3. La implantación de tasas es ineficaz. Aunque es un tema menor, es importante que las autoridades sanitarias y ciertos expertos en cifras acudan a los frentes sanitarios como los hospitales para entender la dificultad de llevar a cabo con eficacia la medida del copago. Mi experiencia como director que fui del Hospital 12 de Octubre y mis cuarenta años de trabajo en la medicina pública me autorizan a hacer esta afirmación. ¿Cómo cobrar al paciente que acude en coma, al psicótico, al grave o al que no dispone de fondos? ¿Se negará la atención? ¿Se le negará al mas desgraciado en el que se ha cebado la enfermedad y debe acudir recurrentemente al centro? ¿Y el que no quiere pagar? ¿Embargo? Es preciso una infraestructura que sobrepasa en gastos al cobro de las tasas. 

La medicina pública española, ejemplar en muchos aspectos, precisa un relanzamiento y un prestigio que anteponga su carácter de servicio a la comunidad. Existen ya demasiados elementos disuasorias en la medicina pública actual (como la lista de espera) como para añadirle uno nuevo al enfermo. Que la austeridad no se utilice como coartada para atentar contra los derechos de los ciudadanos.  

Esteban García-Albea es profesor titular y jefe del servicio de Neurología del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares.

El País 

http://elpais.com/elpais/2012/02/10/opinion/1328901351_040741.html

jueves 23 de febrero de 2012

Educación pública e inclusiva

Desde el 15 de mayo muchas personas salimos a la calle para protestar sobre un sistema político que no nos representa y que supedita el beneficio privado al bienestar del conjunto social. En el centro de esa lucha está la defensa de los servicios públicos, creados para dar cobertura a las necesidades propias de una vida digna. Entre las exigencias se encuentran el cumplimiento del derecho a la educación, la reivindicación de una enseñanza inclusiva para todas las personas y la defensa de la educación pública.

Sin embargo, estos lemas que se vierten frente a los recortes económicos en las manifestaciones, en las redes sociales y los medios de comunicación requieren una revisión de su significado y una crítica del sistema educativo previo a la crisis financiera. En caso contrario, puede que caigamos en defender las causas que sustentan un sistema político injusto e insolidario y, a su vez, que sigamos sin entender cómo la caja negra educativa es una maquinaria perfectamente engrasada de reproducción social de clase. El derecho a la educación, contemplado en la legislación educativa española, establece que la enseñanza debe orientarse hacia el pleno desarrollo de la personalidad.

Para que ello sea una realidad no es suficiente con que exista un sistema de educación universal y gratuito. El derecho internacional establece cuatro condiciones: 

1) Disponibilidad: la oferta formativa debe ofrecerse en cantidad suficiente. 
2) Accesibilidad: las instituciones y los programas de enseñanza han de ser accesibles materialmente y económicamente a todos, sin discriminación. 
3) Aceptabilidad: los programas y métodos pedagó́gicos han de ser pertinentes, adecuados culturalmente y de buena calidad para los estudiantes y las familias. 
4) Adaptabilidad: la educación ha de tener la flexibilidad necesaria para adaptarse a las necesidades sociales del alumnado y de sus familias en contextos socioculturales variados.

Por su parte, la exigencia de una educación inclusiva implica denunciar los recortes económicos que está sufriendo el sistema público de educación, encaminados a aumentar la brecha entre el alumnado que parte de distintos puntos, desde un enfoque social, económico y del desarrollo psicológico. Pero no es suficiente, implica también demandar que todas las personas no sólo se encuentren físicamente en los centros, sino que además aprendan y participen. Para ello es necesario revisar todas las formas insertas en la cultura, polí́ticas y prá́cticas de los centros escolares que pueden marginar o excluir. A su vez, los docentes deben entender que el tratamiento a la diversidad es una condición de partida irrenunciable y por tanto, el trabajo del centro educativo en su conjunto debe adaptarse y ajustarse a la totalidad del alumnado. La defensa de la educación pública requiere de una resignificación. Un sistema público es en primer término el que es sufragado con los recursos económicos de la comunidad.

También lo es porque su titularidad y gestión se ejerce de una manera directa por las instituciones públicas. Pero tras la crisis de legitimidad de éstas, hay que explicitar que debe satisfacer las necesidades sociales que demanda la ciudadanía. Esta condición, que parecía sobreentenderse, exige la creación de mecanismos que garanticen la participación del alumnado, docentes y familias en la toma de decisiones sobre la educación que se imparte, sobre los fines y valores que se enseñan, y sobre los recursos necesarios y su distribución. Cabe preguntarse si cuando salimos a la calle exigiendo el derecho a una educación pública inclusiva lo hacemos realmente por ésto, o por el contrario protestamos únicamente por unos recortes que claramente van en la dirección de empeorar la situación del sistema educativo español.

Suponer que nuestros centros educativos dan respuesta a la inclusión porque son capaces de identificar a determinados alumnos y alumnas como aquellos con necesidades educativas especiales o porque aplican medidas segregadoras como los grupos de diversificación curricular o de educación compensatoria, implica no querer entender nada. La alta tasa de fracaso escolar, la baja motivación de gran parte del alumnado con los contenidos del currículo y las paupérrimas expectativas de muchas familias, dan muestra de esta errática respuesta a la demanda de la inclusión.

Por otro lado, defender una escuela pública que mantiene una estructura verticalista, donde no hay espacios reales de participación y decisión de los docentes, el alumnado y las familias, en la que existen equipos directivos tecnocráticos directamente elegidos por la administración y sin apoyo de la comunidad, o donde gran parte del profesorado se define como especialista en su materia y no como agente de cambio, es querer mirar a otro lado.

Si queremos luchar por el derecho a una escuela pública e inclusiva, debemos salir a la calle con un discurso de máximos, en el que construyamos un sistema educativo que denuncie las barreras que impiden que todas las personas aprendan de acuerdo con sus necesidades y demandas. Ha llegado el momento de decidir qué escuela queremos. No nos conformemos con exigir lo que teníamos.

Andrés Muñoz
Diagonal

lunes 20 de febrero de 2012

El fin de la sanidad pública tal y como la conocemos

De guardia en el hospital público madrileño en que trabajo, por segunda vez en pocas semanas nos derivan un paciente de una clínica privada. Han sido un niño asegurado por Adeslas y una niña con cobertura de Sanitas. Ambas familias tienen también aseguramiento público, como casi todo el mundo con pólizas privadas en España, y todo el derecho a ser atendidas pero, ¿por qué la privada no cubre sus propias demandas?

Lo resume José Ramón Repullo, profesor de la Escuela Nacional de Sanidad, afirmando que en nuestro país los seguros privados individuales son ridículamente baratos pero tienen “mucha letra pequeña”. A la mínima, o el paciente tiene que pagar de su bolsillo el extra de determinadas decisiones clínicas, o es derivado al comodín de la pública.

La sanidad privada tiene un papel que jugar, pero en muchos casos debe su existencia a ese colchón que cubre a determinados enfermos crónicos cuya atención sólo asume el sistema público, como los seropositivos, muchos pacientes oncológicos, o los necesitados de un trasplante, y al que también envía la mayoría de los más complejos que no pueden ser atendidos por una infraestructura, en general, más precaria.

Sin embargo, el lobby de este negocio insiste en que la privada contribuye a la sostenibilidad de la pública porque la descarga de pacientes. Una falacia de calado, dado que habitualmente quien tiene aseguramiento público y privado acude tarde o temprano a los dos sistemas. Es un conocido axioma en gestión sanitaria que a mayor oferta, no se distribuye equitativamente la demanda, sino que esta aumenta.

Mientras trabajé durante un par de años atendiendo recién nacidos en dos clínicas privadas de la capital, percibí varias cosas. Para empezar, que la primera prioridad era ganar dinero. Con frecuencia se hacían ingresos cuestionables, estos se prolongaban en exceso, o se solicitaban pruebas diagnósticas prescindibles con el objetivo de facturar más a sus respectivas aseguradoras.

Estas prácticas, tan habituales que las aseguradoras deben ser conscientes (aunque también les debe compensar), tampoco son gratuitas para el paciente. En este caso se distorsionaba la relación entre madre y recién nacido y se dinamitaba la educación sanitaria trasmitiendo el mensaje de que si no intervenimos más, la atención no ha sido óptima. A mi juicio, en ocasiones los riesgos eran mayores y se retenían pacientes complejos, como grandes prematuros, que debieran haber sido atendidos en servicios especializados como los óptimos que tenemos en los grandes hospitales públicos de nuestra región.

Mi experiencia no es necesariamente generalizable. Numerosos compañeros se ganan honradamente su dinero en el ámbito privado y, en Cataluña, por ejemplo, muchos centros privados trabajan sin ánimo de lucro para el sistema público. Pero si usted cree que es excepcional, no tiene amigos o familiares en el sector. Y, aunque en la pública tenemos mucho que mejorar, los problemas son de otro tipo.

Lamentablemente, damos por hecho nuestro gran Sistema Nacional de Salud, pero ha costado mucho construirlo y es muy vulnerable al ataque y al desprestigio interesado de ciertos poderes económicos que ven en él un jugoso pastel. Reiterados mensajes interesados solicitando mayor colaboración o atender directamente ciertas prestaciones en la privada (pese a que esto aún no se haya demostrado más eficiente) contribuyen a aumentar el monstruo.

Las aseguradoras y centros sanitarios privados no quieren colaborar, quieren comerse esta tarta a la que, hasta ahora, había sido difícil hincarle el diente por haber venido dando buenos resultados. Ocurre lo mismo con otros sólidos servicios sanitarios públicos organizados también en forma de sistema nacional de salud, financiados, como el nuestro, no por cuotas a la seguridad social -como mucha gente erróneamente considera-, sino por los impuestos generales. El National Health Service, homólogo británico, afronta actualmente redoblados envites en recortes y privatización, aprovechando unas vulnerabilidades puestas al descubierto por la situación económica.

También en nuestro país, con la excusa de una crisis de orígenes distintos a los que se nos quiere hacer creer y por los que se nos insiste en culpabilizar, ha llegado, parafraseando libremente a los estadounidenses REM, el fin de la sanidad pública tal y como la conocíamos. Esto si que no es una apreciación personal, es un hecho que de forma pionera ha comenzado en Cataluña y se va extendiendo poco a poco al resto de autonomías, aunque sólo ha sido, ya saben, “el inicio del inicio”.

La sanidad y el resto de servicios sociales sufrirán los mayores recortes de nuestra historia moderna a partir del próximo marzo, cuando deben presentarse los nuevos Presupuestos Generales del Estado y cuando se hayan celebrado las elecciones autonómicas en Andalucía. Después, con las manos libres, el Gobierno de Mariano Rajoy continuará con la fase II de su plan de recorte llamado “40.000 millones de euros”, y eso si no cambia su nombre al alza.

Contextualizando, nuestra sanidad pública supone el 40% del presupuesto autonómico y unos 70.000 millones en conjunto, de los cuales la mitad son sueldos de personal. Aunque en Madrid hasta ahora las renovaciones de eventuales -entre los que me incluyo- se hacían por seis meses, no de forma casual en enero se nos ha renovado hasta marzo en la mayoría de hospitales. Posiblemente en otras áreas y otras comunidades haya ocurrido lo mismo, consulte a su alrededor.

Parece claro que tras este mes no sólo se decidirá el aumento del IVA, sino que para esas fechas la preocupación sobre la precariedad de ciertos contratos desaparecerá, sencillamente porque muchos de ellos dejarán de existir. Los que se queden tendrán más trabajo y, seguramente, menos sueldo. Y los pacientes –esto es, todos nosotros- no tenemos más que ver lo que ocurre en Cataluña, donde las listas de espera, el mayor problema de nuestra sanidad, ya suman 25.000 personas más. Evidentemente, eso tampoco es gratuito.

John Dalli, comisario europeo de Salud y Consumidores, alertaba recientemente en Bruselas de que, en un contexto en que “crecimiento” es la palabra estrella, su principal labor es convencer a las autoridades nacionales de que los recortes en salud, aunque no producen consecuencias mesurables inmediatas, tendrán efectos desastrosos a medio y largo plazo. Como muestra, el botón de los trasplantes. Salvo en España, donde la excelente labor de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) está consiguiendo sortear la situación, las donaciones se han desplomado en los países más afectados por la crisis. Así, han caído un 35% en Irlanda, un 50% en Grecia, y se han estancado en Portugal.

No se trata de tirarnos de los pelos, seguimos siendo privilegiados. Los médicos en paro eran unos 8.000 en 2011 entre más de cuatro millones de desempleados. Ampliamente, mientras la mayoría de nosotros sigue teniendo qué comer, algo a lo que no damos suficiente valor, 1.000 millones de personas –un séptimo de la humanidad-, pasa hambre. 50.000 de ellas murieron por este motivo el año pasado en el cuerno de África. No estaría de más plantearnos, además, cuántas fallecen por nuestra superabundancia, o porque tenemos una buena atención sanitaria universal.

Pero también habrá consecuencias positivas. Muchos nos marcharemos, aprenderemos nuevas lenguas y formas de vivir, y ganaremos un cosmopolitismo que quizás algún día traeremos de vuelta. La progresiva medicalización de la vida se resentirá, porque faltará dinero para medicamentos. La tecnificación también, porque ya nadie querrá comprar robots quirúrgicos para el escaparate, una de sus pocas utilidades conocidas por el momento. El electoralismo de multiplicar hospitales como panes y peces dará paso a que nos centremos más en las olvidadas atención primaria y salud pública. La innovación empezará, como verdaderamente debiera, por abajo.

El cambio, como recuerda José Luis Sampedro, es inevitable. Lo importante es dirigirlo adecuadamente, algo que depende en gran parte de nosotros. Por un lado, la respuesta cohesionada de los profesionales sanitarios es imprescindible. No es momento para ombliguismos, para reivindicar especialidades propias, calendarios vacunales únicos, prescripciones enfermeras y demás intereses sectoriales más o menos razonables. Con un enfoque equivocadamente corporativista, el sindicato médico madrileño, Amyts, acaba de pedir una mesa de negociación específica argumentando que “existe una diferencia clarísima entre médicos y los demás trabajadores". Para que vean hasta donde llega la segregación, los MIR de Madrid también han solicitado ir por su lado.

Francamente, compañeros, nuestros parciales intereses me importan un bledo. Y se lo importan al resto de la sociedad. Fundamentalmente porque el impacto que sobre la salud de las personas tendría la consecución de esos objetivos específicos –el chocolate del loro-, no tiene, ni de lejos, el que tendrán los recortes o la privatización de servicios que ya empieza a afectar a los hospitales públicos tradicionales –véase el caso de Castilla-la Mancha-.

Pero aunque médicos, enfermeras, celadores, administrativos, técnicos, personal de limpieza, y demás conformemos esa marea blanca que abra camino, una reivindicación ciudadana general será determinante. Por débil o fuerte que lo consideren, la marea multicolor es lo único que se interpone entre nosotros y las fuerzas financieras, económicas y políticas nacionales e internacionales que tratan de desbaratar el sistema para, entre otras cosas, dar paso a sectores afines que algo tienen de lo que describo.

Ampliemos miras, reflexionemos con sensatez y centrémonos en el bien común, porque es hora de preparar las barricadas. Los recortes no son ni la única forma de responder a la crisis, ni inevitables. Nuestra acción, o inacción, lo único que controlamos, sí puede hacerlos inevitables. Y si piensa que a usted no le afecta, recuerde lo que asegura Santiago Cervera, uno de los máximos exponentes sanitarios del Partido Popular: “Todos somos indigentes en el ámbito sanitario porque no podemos pagarnos un trasplante hepático”.

Aser García Rada es pediatra y periodista.
El País

jueves 16 de febrero de 2012

Primer impacto de los recortes en sanidad

La Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública, FADSP ( http://www.nodo50.org/fadsp/) acaba de publicar un primer “Informe sobre los Recortes Sanitarios en las Comunidades Autónomas”. En promedio, el presupuesto sanitario por habitante desde 2010 ha disminuido en 140,13 € (el 10,4% en Euros “corrientes”, es decir sin tener en cuenta la devaluación del dinero debida a la inflación). Sin embargo, este promedio esconde enormes diferencias entre las Comunidades Autónomas (CCAA), ya que algunas como Baleares han sufrido ya un recorte de casi el 18 % en el trienio 2008-2010. En Madrid y Andalucía el presupuesto se ha mantenido prácticamente estable, frente a CCAA donde la disminución ha sido mayor del 13% (Cataluña y Comunidad Valenciana), hasta llegar al 26,7 % de Castilla La Mancha. Persisten también enormes diferencias en gasto por habitante entre las CCAA, desde los 1557,8 € del País Vasco y los 1495,9 € de Asturias, hasta los menos de mil euros por habitante en la Comunidad Valenciana y en Castilla La Mancha.
A la disminución de prestaciones debida directamente a los recortes presupuestarios se añaden intervenciones de tipo administrativo que de hecho merman el acceso de la ciudadanía a la sanidad pública. El informe de la FADSP analiza en particular:
· La disminución de las plantillas, a través del aumento del horario de los trabajadores del sistema sanitario públicos (2,5 horas en Baleares, Madrid, Castilla la Mancha y Valencia); la reducción de los días de asuntos propios y la eliminación de los días adicionales por antigüedad (Valencia y Castilla la Mancha); la disminución de conceptos ligados a las retribuciones (Galicia, Baleares, Valencia y Castilla La Mancha) la disminución de interinidades y contratos eventuales; la cobertura de solo el 10% de las vacantes por jubilación (Galicia); y la reducción del presupuesto de acción social (Baleares).
· La introducción de tasas y copagos, como la tasa para la renovación de la Tarjeta Sanitaria Individual (TSI) en Baleares o por extravío en Galicia. En Galicia destaca la decisión de no otorgar la TSI a las personas que no lleven por lo menos 6 meses empadronadas en la Comunidad, así como el retiro de las prestaciones sanitarias a las personas que pierden el derecho a las prestaciones de la seguridad social por paro prolongado. Una propuesta para introducir un copago de 1 € en las recetas sanitarias se encuentra en discusión en el Parlament de Cataluña.
· La reducción de prestaciones, como el cierre de los quirófanos de tarde (Galicia, Canarias, Valencia), la disminución de la atención radiológica y del servicio de ambulancias (Galicia), el impago a centros privados que realizan abortos (Castilla La Mancha), o el pago anticipado por la misma prestación (Baleares).
El objetivo ideológico fundamental (el desmantelamiento de la sanidad pública utilizando el pretexto de la crisis) que hay detrás de estas medidas queda patente por el hecho de que, al mismo tiempo, muchas CCAA están fomentando la privatización de los servicios sanitarios, a pesar de la evidencia que la privatización supone un aumento de los costes para las administraciones y los usuarios, además de una reducción en la calidad de la atención sanitaria. Se incrementan los conciertos y las externalizaciones al sector privado (Canarias), se propician iniciativas de financiación privada para la construcción de centros sanitarios (Galicia, Madrid, Baleares), se ponen en marcha Entidades de Base Asociativa en los centros de salud (Valencia), o –sencillamente y llanamente– se privatizan hospitales hasta ahora públicos (Castilla La Mancha) o servicios administrativos (Galicia). En Cataluña la fragmentación del Instituto Catalán de la Salud en varias empresas autónomas se interpreta como paso previo a su privatización. En Baleares los consorcios de empresas constructoras y bancos son los propietarios de los hospitales de referencia de Mallorca y del futuro en Ibiza, así como los gestores de todos los servicios no-clínicos, por los que cobrarán un alquiler a la sanidad pública durante 30 años además de la hipoteca de los edificios.
Más allá de la disparidad en las políticas llevadas a cabo por las diferentes CCAA se identifica un hilo común: apostar por la insuficiencia económica del sector público frente a la eficiencia en el uso de sus recursos; por la medicalización frente a la promoción de la salud y las políticas de prevención; se abandonan las políticas de incentivación del personal; se privatizan las partes más rentables del sistema sanitario y se introducen barreras de acceso a los servicios asistenciales que merman directamente el principio constitucional del acceso universal.
Esto es solo el comienzo del comienzo”, ha amenazado la Vicepresidenta primera del Gobierno.
Matteo Guainazzi – Observatorio Servicios Públicos ATTAC España
Attac España

miércoles 15 de febrero de 2012

Sanidad Pública: "Sálvese quien pueda"

Aunque la sanidad pública española es considerada una de las mejores del mundo, con un coste menor que los países de nuestro entorno y mejores resultados en salud, se plantea con frecuencia la necesidad de más copagos para contribuir a la financiación y frenar la demanda. Es esta una modificación de calado que afecta y pone en riesgo los fundamentos de nuestro modelo sanitario.

El copago (que debemos llamar repago, ya que todos pagamos impuestos para sostener la sanidad pública), es decir, el pago de una parte de la prestación por el paciente en el momento de utilizar un servicio sanitario, responde conceptualmente a un modelo privado de atención: que cada uno cuando esté enfermo se pague lo suyo. Sin embargo, la sanidad pública se desarrolla al comprobar que la mayoría de las personas de clase media y los trabajadores, con rentas medias y bajas, no podrían pagarse la atención médica, incluso se arruinarían (como pasa con frecuencia en EEUU), si tuvieran una enfermedad grave o una enfermedad crónica.

Uno no elige cuándo se pone enfermo, ni tampoco elige la gravedad de su enfermedad. Uno puede elegir ir al cine o al fútbol, o no ir. O puede, si tiene dinero, decidir gastarse 30 euros o 300 en un vestido. Pero uno no decide cuándo tener cataratas. Como tampoco elige tener cáncer de colon, cuyo tratamiento es muy caro, en vez de tener un catarro. Esta imprevisibilidad, y la posibilidad de un coste muy elevado, es lo que justificó que se construyeran sistemas de protección social para que todas las personas, independientemente de su situación económica, pudieran tener acceso a la atención sanitaria adecuada cuando la necesitaran. “Hoy por ti, mañana por mi”. Este aseguramiento, después de tiras y aflojas entre la clase obrera y el capital, se hizo obligatorio y universal a lo largo del siglo XX en muchos países avanzados, convirtiéndose en derecho social. Es una conquista de las clases medias y de los trabajadores que, a través de la política fiscal, pueden corregir las enormes desigualdades de renta que provoca la economía de mercado.

El copago, o repago, rompe este concepto de solidaridad. Presupone que si el paciente no paga, va a abusar. Pero la mayor parte de las personas no van al hospital o al médico general por capricho. No quieren que les quiten parte del colon, ni que les internen en una unidad psiquiátrica o que les dialicen. Normalmente, hay un problema de salud, un diagnóstico y un tratamiento prescrito por médicos. El que dejará de ir es quien no pueda pagárselo. Pero el que pueda pagarlo irá igual, o más. La utilización de los servicios hospitalarios, que son los más caros, es mayor donde hay más copago. Así, el número de pacientes dados de alta por cada 100.000 habitantes es de 10.411 en España; 13.086, en EEUU (un 26% mayor); 26.251, en Francia; o 23.658, en Alemania (más del doble que España). En cuanto al número de consultas médicas, en España es de 7,5 por persona y año, similar al de Francia –que es de 6,9– o Alemania –8,2– y mayor que en EEUU, que es de cuatro. Esto no es un mal dato. Al contrario, es bueno, ya que en España la atención primaria es la base del sistema sanitario. Permite una atención continuada y un seguimiento de los procesos muy adecuado y a menor coste que la atención especializada hospitalaria, con buenos resultados en salud. Así, vemos como los años potenciales de vida perdidos por cada 100.000 mujeres fueron 1.871 en España, la mitad que en EEUU, con 3.355, y un 18% menos que en Francia –2.202– y Alemania –2.212–.

Las dificultades económicas de la sanidad en España no son consecuencia de un exceso de gasto o de un exceso de demanda porque no haya copago. El gasto sanitario público en nuestro país es menor que en países con copagos más altos: 1.715 euros, frente a 2.358 en Francia, 2.466 en Alemania o 2.887 en EEUU, en paridad de poder adquisitivo. Las dificultades tienen que ver con los menores ingresos fiscales: 32,9% del PIB en España, frente a 44,5% en Francia o 39,5% en Alemania. Esta enorme diferencia se debe, sobre todo, al excesivo fraude fiscal y la baja proporción de ingresos sobre las rentas del capital. Si tuviéramos una proporción de ingresos fiscales similar a estos países, las arcas públicas dispondrían de un 7% del PIB adicional, equivalente a todo el gasto sanitario público.

Para seguir manteniendo una sanidad pública de calidad, deberemos destinar un volumen de gasto similar al de los países europeos avanzados (Alemania, 9,92%; Francia, 9,19%; en relación al PIB). Y, al mismo tiempo, es importante continuar mejorando la eficiencia en el uso de los servicios. La mejor forma de evitar la utilización inadecuada no es el copago, sino la educación sanitaria, la formación continuada de los profesionales, las condiciones adecuadas de trabajo, los sistemas de evaluación de los resultados y la revisión de las indicaciones en función de dicha evaluación, así como de la revisión permanente del catálogo de prestaciones que ofrece el Sistema Nacional de Salud para que no se autoricen, o se retiren, intervenciones ineficaces o menos eficientes. Además, se debe promover una orientación preventiva y un enfoque que integre los servicios sanitarios y los servicios sociales. Este es el mejor camino.

El copago/repago en sanidad, tiene efectos negativos a corto y a largo plazo. A corto plazo, dificulta el acceso a las prestaciones sanitarias para los enfermos con rentas medias o bajas y los pensionistas. A largo plazo, es una puerta abierta para el desmantelamiento de la sanidad pública y la expansión de la sanidad privada. “¡Y sálvese quien pueda!”.

Fernando Lamata
Psiquiatra y ex secretario general del Ministerio de Sanidad
Público

sábado 11 de febrero de 2012

Cómo afectan los recortes a la salud, la experiencia en Europa.

El pasado 31 de agosto, el gobierno de Castilla-La Mancha anunció un recorte del 20% para los presupuestos de 2012; una medida motivada por la reducción del déficit público al 1,3% para el año 2012. Así, el panorama por CCAA demuestra ser desolador en términos económicos, tal y como se puede apreciar en la siguiente figura, extraída de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada -datos de 2010- (1):


Si a ello le sumamos la imposición fijada por la UE de no superar el 3% de la producción (PIB) en deuda anual (déficit), nos encontramos ante un marco legislativo que exige recortes presupuestarios decididos. No obstante, ¿cómo afecta, en términos globales, reducir el gasto público en servicios sociales?

El investigador de la Universidad de Oxford, David Stuckler publicó un artículo en el British Medical Journal (una de las revistas médicas de referencia mundial) que ponía de manifiesto la relación entre el gasto de los gobiernos en servicios sociales y la mortalidad (2).

Tal y como se puede apreciar en el siguiente gráfico, extraído del propio estudio, se establece una relación entre gasto social y mortalidad general, lo que vendría a demostrar que la protección de ciertos derechos básicos es fundamental para la población y, sobre todo, para aquellos grupos más expuestos a condiciones de vida difícilmente asumibles:

El estudio, que analiza los datos registrados por la OCDE de 18 países (15 de ellos de la UE) durante un periodo que equivale a 320 años (desde 1980 a 2005 incluyendo todos los países) establece un modelo matemático a partir del cual se podría concluir lo siguiente:

Relación entre gastos sociales y mortalidad general en 18 países de la Unión Europea, 2000.

“Por cada 100 dólares recortados por persona en ayudas a desempleados, discapacitados, jubilados, familias y niños, la mortalidad general puede incrementarse casi un 1%, la debida a problemas relacionados con el alcohol puede subir un 2,8%, las muertes por tuberculosis aumentarían un 4,3% y la mortalidad cardiovascular un 1,2%.”

Del mismo modo se concluye un aspecto fundamental: sobre una inversión base de 100 dólares, una sobre el individuo, otra sobre la inversión estatal (excluyendo lo social) y otra exclusivamente en servicios sociales, la que más impacto tendría sobre la población sería esta última, con un descenso de la mortalidad del 1,19%. Quedaría así demostrado que la intervención del Estado en materia social tiene el impacto más fuerte sobre la mortalidad.

Sin embargo, tratándose de un modelo matemático, podríamos tener ciertas dudas sobre la veracidad de los datos o de las tendencias que muestra. Conviene, por tanto,  recurrir a la experiencia de algún país sometido a criterios estrictos de contención del gasto público. Un buen ejemplo de ello sería Grecia.

El pasado mes de octubre un grupo de médicos griego publicó en The Lancet (otra de las revistas más famosas en el ámbito médico) un artículo que analizaba las consecuencias de la crisis de la deuda en Grecia (3). 

Disminuyó el número de pacientes que acudió a su Centro de Salud aún a pesar de considerar necesaria la visita, debido a las listas de espera o los desplazamientos a larga distancia. Por el contrario, el número de ingresos hospitalarios aumentó un 24% (10/09) y un 8% si comparamos los datos del primer semestre de 2011 con el correspondiente a 2010. Del mismo modo la admisión en hospitales privados disminuyó entre un 25 y 30%.

La tasa oficial de suicidios aumentó un 17% en el periodo 2007-2009 y el Ministro de Salud griego informó de un incremento del 40% entre el primer semestre de 2010 y el correspondiente a 2011. La línea telefónica de ayuda para suicidas, informó que un 25% de las llamadas estaban motivadas por dificultades económicas.

Por otro lado, las tasas de homicidio y robo casi se duplicaron entre 2007 y 2009.

El impacto en infecciones por VIH, según las últimos datos (que cifran el aumento de nuevas infecciones durante los primeros 7 meses de 2011 en 10 veces sobre el mismo periodo para 2010), se incrementará en un 52% en el año 2011, atribuyéndose la mitad de estas nuevas infecciones a usuarios de drogas por vía parenteral. Por otro lado, el número de usuarios de heroína aumentó un 20% en 2009. A ello habría que sumar una reducción del 30% de los programas de intervención comunitaria, que ayudan a este tipo de colectivos.

Por último, Médicos Sin Fronteras, informó que la proporción de griegos atendidos en sus programas (normalmente destinados a población inmigrante) se incrementó, aproximadamente, un 27% desde el comienzo de la crisis.
Dempeus per la salut pública tradujo este trabajo al castellano. Está disponible aquí.

Otro reciente estudio, publicado también en The Lancet estudió el efecto de la crisis financiera en Europa (4), concluyendo lo siguiente:

Por cada incremento del desempleo del 1%, la tasa de suicidios se eleva un 0,8% en menores de 65 años. (Si bien podría actuar como factor de confusión las muertes relacionadas con un consumo de alcohol en exceso). Por contra, supone un descenso de muertes por accidente de tráfico del 1,39%. 
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La importancia de construir un medioambiente social adecuado, entendido éste en sentido amplio, no es algo nuevo en medicina. En 1974, el ministro de Salud y Bienestar Social de Canadá, Marc Lalonde, estableció un marco conceptual que identificó los factores que parecían determinar la situación de la salud: el estilo de vida, el medioambiente, las características biológicas humanas y los servicios sanitarios. En el informe que publicó estableció una relación porcentual entre el gasto público de su gobierno y el peso atribuible a la mortalidad por cada uno de esos factores (5):

Relación entre el peso sobre la mortalidad y el % de gasto público destinado a resolverlo

Por primera vez, se cuantificó el peso de las intervenciones en materia de salud, observando el desproporcionado gasto entre los servicios de salud (y el porcentaje de atribuible de la mortalidad que dependía de él). Así pues, se estableció un paradigma que animaba a los gobiernos a invertir en políticas que verdaderamente potenciaran la salud de sus poblaciones, es decir, en servicios sociales (que no sanitarios) y medioambiente, mejorando la situación laboral, la protección por desempleo, educación, áreas verdes, actividades de ocio, etc.

Este informe, erigido como paradigma en Salud Pública, ha venido desarrollándose posteriormente de la mano de la epidemiología social y los determinantes sociales de la salud, suponiendo una verdadera revolución en términos de concepción de la salud y la propia medicina. Años más tarde, Sir Michael Marmot, actual Director de la Comisión de Determinantes Sociales de la Salud de la OMS, publicó un estudio que venía a refrendar esos hallazgos, el estudio Whitehall.

En este monumental trabajo, Marmot siguió durante 15 años (1967-1982) el estado de salud de 17.500 funcionarios del estado (varones entre 20 y 64 años), en el complejo público de Whitehall en Londres. Los hallazgos fueron muy característicos:

Hay una diferencia en el riesgo de morir del cuádruple entre los niveles más bajos y más altos del funcionariado. En azul encontraríamos a los gestores, en magenta a los ejecutivos, funcionarios comunes en verde y otros empleados (celadores, conserjes, mensajeros) en gris: 

Como se puede observar la tendencia en el aumento de riesgo se mantiene para los distintos grupos de edad. Puntuaciones menores de 1 indicarían una protección ante el riesgo de morir, mayores de 1 supondrían un mayor riesgo establecido de muerte.

Además, el estudio también mostró que los funcionarios de las escalas inferiores tenían una mayor propensión a tener factores de riesgo para la salud, como la obesidad, el tabaquismo, menor tiempo de ocio, menos actividades físicas, enfermedades de base y mayor tensión arterial. Es lo que se conoce como teoría del gradiente social. Nota: en próximos artículos seguiremos desarrollando los determinantes sociales de la salud y su estudio en España.

Los resultados de Lalonde y Marmot, vendrían a demostrar dos aspectos fundamentales:

1-     En las sociedades industrializadas siguen existiendo diferencias muy significativas en salud que dependen de la clase social, en contra de la supuesta clase media.

2-     La salud de los individuos depende, en gran parte, de un medioambiente físico y social adecuado, por lo que convendría invertir en este aspecto.

No nos debe extrañar, por tanto, que modificaciones tan profundas como las reformas en servicios sociales que hoy por hoy estamos sufriendo, impacten de manera tan notoria sobre la salud. En sentido, las políticas sanitarias, especialmente en momentos de crisis, habrían de abordar la salud de la población desde la intervención en otras áreas que no pertenecen exclusivamente a la medicina, potenciando la atención primaria y los programas de promoción de la salud. Extrañamente, y por desgracia, esta idea parece excluida dentro del ideario político mayoritario. Hemos de ser conscientes de que, partiendo de una base sobre la que se aposenta una diferencia abismal en términos sociales, responsabilizar al individuo sobre el cuidado/protección de su salud y restringirle cualquier base de apoyo social, acaba impactando de manera negativa en su salud.

Nos gustaría, por ello, llamar la atención de los poderes públicos que, actualmente en defensa de criterios económicos tales como el control del déficit público, desatienden las necesidades sociales (que no sanitarias) de gran parte de la población, estableciendo políticas de recorte improvisadas y basadas en un manejo torpe y cortoplacista de los servicios sociales.

Entendemos que su falta de criterio y conocimiento entorpezca su pública labor, pero, al mismo tiempo, exigimos un carácter más profesional en el manejo presupuestario de la salud y una redistribución inteligente de los recursos en momentos de carestía.
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Nota: mención especial al blog del médico especialista en Salud Pública, Javier Segura, que ha servido de apoyo para la elaboración del presente artículo. http://www.madrimasd.org/blogs/salud_publica/
(1)    Observatorio Fiscal y Financiero de las Comunidades Autónomas. FEDEA: http://www.fedea.net/ccaa/observatorio_ccaa.pdf
(2)  Stuckler D, Basu S, McKee M. Budget crises, health, and social welfare programmes. BMJ 2010; 340: 77-79
(3) Kentikelenis A, Karanikolos M, Papanicolas I, Basu S, McKee M, Stuckler D. Health effects of financial crisis: omens of a Greek tragedy. The Lancet 2011 doi:10.1016/S0140-6736(11)61556-0
(4) Stuckler D, Basu S, Suhrcke M, Coutts A, McKee M. The public health effect of economic crises and alternative policy responses in Europe: an empirical analysis. Lancet 2009; 374: 315-323.
(5) A new perspective on the health of Canadiands. Lalonde Report. 1973-1974. http://www.hc-sc.gc.ca/hcs-sss/com/fed/lalonde-eng.php

Sanidad Pública y Sostenible

martes 7 de febrero de 2012

Sanidad: La gestión público-privada es más cara

El pasado 27 de enero, el consejero de Sanidad y Asuntos Sociales, José Ignacio Echániz, daba más detalles sobre el proceso de incorporación de la gestión público-privada en Castilla-La Mancha en una entrevista concedida a Sanidad Privada, una publicación del grupo Sanitaria 2000.
En la misma, adelantaba que van a “utilizar distintos sistemas”, en concreto el modelo PPP (Public Private Inciative) y PFI (Private Finance Iniciative), para mejorar la eficiencia en la gestión de 7 u 8 hospitales de la región, sin concretar cuáles.

¿Por qué PPP y PFI?
La Unión Europea, en su tratado fundacional, establece una serie de artículos en referencia al control presupuestario y estabilidad del euro, implantando un techo de déficit presupuestario del 3% sobre el PIB, lo que significa que los gobiernos no pueden “deber” en un año más del 3% de lo que producen.

Paralelamente, se establecen nuevos modelos para la provisión de servicios públicos que esquivan este tipo de limitación. El sector privado asume la iniciativa de construcción y gestión de determinados servicios públicos por un periodo de tiempo estipulado (PFI) o, directamente, se le adjudica la gestión y provisión de servicios a cambio del pago por parte de la administración de una cantidad variable estipulada mediante contrato (PPP). Por último, la deuda contraída entre administración y empresa privada no forma parte del cómputo para el cálculo del déficit, por lo que no afecta al techo de gasto del 3% que comentábamos.

¿Qué condiciones se establecen para que no compute como deuda?
El Sistema Europeo de Cuentas Económicas Integradas es el modelo de cálculo que utiliza la Unión Europea para el cuantificar la deuda y el déficit público, de modo que vela porque los contratos PFI/PPP obedezcan a criterios que garanticen la viabilidad presupuestaria del proyecto. Para ello es necesario que:

- El socio privado asuma los riesgos de construcción.
- El socio privado asuma los riesgos de demanda o disponibilidad, es decir, que se atenga a los precios convenidos con la administración pública por la provisión de servicios y población atendida.

Así, otra de las supuestas ventajas de este modelo es que permite una previsión más ajustada de los gastos al transferir los riesgos de inversión a la empresa privada. Por otro lado, como ya comentamos, sería posible asumir grandes proyectos en infraestructuras y servicios sin comprometer los topes de deuda.

¿Qué ocurre con la sanidad?
El modelo de implantación sanitaria PPP/PFI se puede establecer, grosso modo, como un continuo basado en la concesión cada vez mayor de servicios sanitarios a cambio de la construcción de infraestructuras sanitarias o su gestión:


Así, se procedería al pago anual de una cantidad fija que vendría a responder a los costes de construcción y cada uno de los servicios extra que se le concede al capital privado.

La Comunidad de Madrid y la Comunidad Valenciana, fueron las pioneras en este tipo de modelo, pero, ¿cuál es la experiencia previa?

La Comunidad de Madrid ha llevado a cabo dos Planes de Infraestructuras (04-07 y 07-11) que significan una gran reforma en sanidad.  Ambos suman la construcción de 12 hospitales y más de 50 centros de salud mediante colaboración público-privada.

Sin embargo, aludiendo a un plano estrictamente económico, el modelo PFI/PPP supone retrasar el pago de la deuda asumiendo un interés variable en función de los costes y, además, riesgos derivados de la infraestimación de los beneficios por parte de la empresa privada Ejemplo de ello fue la carta que la “Asociación de Empresas Constructoras de Ámbito Nacional” envió el pasado mes de abril a la Consejería de Madrid exigiendo el pago de 80 millones de € en sobrecostes de construcción y explotación de los nuevos hospitales). (1)

En términos generales, la construcción de hospitales PFI/PPP en Madrid supone un pago 7 veces superior al que habría asumido la Comunidad si no hubiera recurrido a dicho modelo.

Fuente: Informe sobre la Sanidad en la Comunidad de Madrid. FADSP (2009) y elaboración propia a partir de datos oficiales de la Comunidad de Madrid. Véase notas al pie.

Así, se procedería al pago anual de una cantidad fija que vendría a responder a los costes de construcción y cada uno de los servicios extra que se le concede al capital privado.

La Comunidad de Madrid y la Comunidad Valenciana, fueron las pioneras en este tipo de modelo, pero, ¿cuál es la experiencia previa?

La Comunidad de Madrid ha llevado a cabo dos Planes de Infraestructuras (04-07 y 07-11) que significan una gran reforma en sanidad.  Ambos suman la construcción de 12 hospitales y más de 50 centros de salud mediante colaboración público-privada.

Sin embargo, aludiendo a un plano estrictamente económico, el modelo PFI/PPP supone retrasar el pago de la deuda asumiendo un interés variable en función de los costes y, además, riesgos derivados de la infraestimación de los beneficios por parte de la empresa privada Ejemplo de ello fue la carta que la “Asociación de Empresas Constructoras de Ámbito Nacional” envió el pasado mes de abril a la Consejería de Madrid exigiendo el pago de 80 millones de € en sobrecostes de construcción y explotación de los nuevos hospitales). (1)

En términos generales, la construcción de hospitales PFI/PPP en Madrid supone un pago 7 veces superior al que habría asumido la Comunidad si no hubiera recurrido a dicho modelo.

Además, los costes se multiplican en el nuevo Plan 07-11 entre dos y tres veces con respecto al periodo anterior, Hospitales de Móstoles, Torrejón y Collado Villalba.

La Comunidad Valenciana, por su parte, llevó a cabo proyectos PPP que, hoy por hoy, dan cobertura en sanidad al 20% de su población total (2); es lo que popularmente se ha dado en conocer como “Modelo Alzira”.

En éste, conocido internacionalmente por los ventajosos beneficios que aporta a la inversión privada (3,4), se otorga una cantidad fija “per capita” a un grupo de empresas (UTE) que se encarga de la construcción, gestión y provisión de servicios sanitarios a toda un área de salud. Sin embargo, las pérdidas en los primeros años (1 millón de euros el primero, 900.000 el segundo, 450.000 el tercero y 2,27 millones el cuarto) obligaron a la UTE a renegociar los contratos con la Comunidad Valenciana, aumentando el valor de la capitación e incluyendo, también, la gestión y servicios de Atención Primaria (5). El esquema paradigmático lo constituye el hospital de Alzira, cuyos contratos vendrían a estar resumidos en la siguiente figura:

Fuente: elaboración propia a partir de informes de Ribera Salud.

Como se puede apreciar, antes de que expirase el primer contrato (y finalizara la inversión acordada de 61 millones de €) se firmó un segundo que incrementaba el precio base per capita un 53,82% más, privatizaba la atención primaria del área correspondiente y, por otro lado, aumentaba la concesión en otros 20 años. Esto supuso un claro revés para las previsiones de la comunidad y supuso el fracaso de un primer modelo, que no encontraría una solución aceptable en el segundo.

Los resultados que ofrece la UTE (Ribera Salud) dicen ahorrar más de un 25% el gasto sanitario per capita (3). Sin embargo, obvian incluir que se excluyen del contrato el gasto farmacéutico ambulatorio, las prótesis, el transporte sanitario y la oxigenoterapia (6), por lo que el gasto sanitario per capita anunciado es claramente superior al que muestra en sus estudios:

Fuente: elaboración propia a partir de resultados ofrecidos por Ribera Salud e Instituto Valenciano de Estadística. Véase notas al pie.

¿Una respuesta para Castilla-La Mancha?
La gestión público-privada es más cara: lo ha demostrado la experiencia previa en otras comunidades como Madrid y Valencia. La motivación del déficit y la deuda regional, el cumplimiento de los criterios de estabilidad fijados en el tratado de Maastricht o la reciente reforma de la constitución, no son argumentos de peso que justifiquen su implantación.

Por otro lado, el emprender proyectos que reconvierten la deuda pública (fruto de la inversión en servicios de carácter social) en privada, sólo favorece el pender de financiadores privados sujetos al mercado, con lo que el pago a los acreedores queda sujeto a fluctuaciones en los tipos de interés, encareciendo el coste en tiempos de crisis. Como comentábamos en un post anterior, el pago de la deuda por el modelo PFI en Reino Unido significó que los contribuyentes pagaran 1 billón de libras extra (7).

Asimismo, el modelo PFI/PPP no ha demostrado una reducción clara de las listas de espera, ni aumentar la satisfacción de los pacientes. Este resultado es similar si comparamos los índices de salud de la población atendida mediante este tipo de concesiones, si bien esto será motivo de próximos artículos.
En definitiva, la gestión público-privada no es más barata que la pública, endeuda al Estado a largo plazo y encarece los costes. El ahorro en sanidad beberá de las fuentes de recortes laborales y de servicios, recortes que influirán directamente en la calidad asistencial e impacto en salud de la población. La falta de información y de un adecuado estudio previo demuestran otra vez los intereses partidistas de un derecho fundamental, la salud.

Madrilonia